Colombia, toque de queda y Ley Seca para luchar contra el corona virus

Marta Trejo Luzón

Cuando la emergencia humanitaria hace saltar las alarmas en tu país el cerebro te explota”.

Es la mejor manera que tengo de describir cómo afectó el covid-19 a mi despliegue en Buenaventura, Colombia. Me encontraba en el río Naya cuando me llegaron los mensajes de mi familia contando que “iban a tener que confinarse”. ¡Qué locura!

Mis compañeros de trabajo y yo nos reíamos, como todos y todas incrédulos de que algo así nos pudieran pasar. Pero el covid-19 llegó a Colombia como a todas partes del mundo… Actualmente el Valle del Cauca, donde se encuentra la regional para la que trabajo, es el segundo departamento con más contagiados de Colombia después de Cundinamarca.

A mediados de marzo Alianza Por la Solidaridad nos preguntó a los voluntarios y voluntarias si queríamos regresar a nuestros países de origen. Yo tomé mi decisión rápido: me quedaba a pasar la cuarentena en Buenaventura.

Recuerdo la última reunión que hicimos en la oficina programando la semana “Pre-covid” y la semana “Covid” ente ánimos y motivación, el teletrabajo era nuevo para muchos de los del equipo. Además pensábamos que, de hacer cuarentena, solo sería una semana o dos… ¡Ilusos de nuevo!

Empezó la cuarentena y desde mi balcón en el F8 podría escuchar todas las noches el toque de queda que anunciaban desde el parque de bomberos. Las noticias iban agravándose en España… Mientras leía artículos, hacía vídeo llamadas con mi gente confinada y veía las imágenes de los aplausos de las 20h las lágrimas se me caían a borbotones.

¡Médicos Sin Fronteras iba a abrir un hospital de campaña en Madrid! En este punto algo raro empezó a rondarme la cabeza. “Te quieres dedicar a la ayuda humanitaria y por eso estás en Colombia. Pero ahora la ayuda humanitaria se necesita en tu ciudad, ¡parece broma! Si por lo que sea me hacen volver a España me apuntaría a una bolsa de voluntarios…”, le decía a mi novio.

En Colombia tomaron conciencia rápido. Casi enseguida se cerraron las fronteras, se prohibió el traslado vial, marítimo y aéreo a nivel nacional, se aplicó toque de queda a partir de las 21.00 y se anunció una Ley seca… (Porque acá no se andan con chiquitas y si tienes que obligar a la gente a confinarse hay que quitar el alcohol de por medio.)

Todos en Buenaventura estábamos cruzando los dedos pensando que “con el calorcito que hace aquí a lo mejor el virus no llega”. Chorradas. Terminó llegando y todavía quedan muchas cifras de contagios por sacar a la luz.

Es muy difícil pedirle a la gente que se quede en casa cuando más del 75% vive de una economía informal donde los ingresos entran al día en casa desde la calle: “Marta, si no salgo no como y tengo una familia que alimentar”, me decía un amigo.

Mi experiencia como voluntaria EUAIDV dio un giro de 180º el día 25 de marzo.

Me levanté con un mensaje de mi madre: “estamos llevando a papá a urgencias, tiene covid”. Mi cerebro se paró por un segundo, me hice un café mientras llamaba a mi jefa. Sabía que ya era tarde para volver a España, pero necesitaba comentarlo con alguien…

Haz la maleta mami, en dos horas estamos allí para ayudarte. Voy pidiendo un taxi a Cali”.

No me lo podía creer. Me estaba yendo sin asimilarlo. Hice la maleta, mis compañeras de la oficina vinieron a ayudarme con las cosas sobrantes y en dos horas y media estaba en el aeropuerto de Cali cogiendo un vuelo a Bogotá.

No me dio tiempo a despedirme de mis amigos y amigas, de mis compañeros y compañeras, de la señora de la Huerta, de Jesús el conductor, de Bertilda y su familia, de Bolívar, del malecón, de Antonia la de la 14… ¡ni de mi vecino, vaya! No me dio tiempo a nada y es algo que recuerdo con mucho dolor. Pero en ese momento mi objetivo era uno solo: volver a lado de mi padre antes de que le pasase nada grave.

Desaparecí de Buenaventura como la luz de un relámpago que te ciega y desaparece. Todavía tengo que explicarles a muchas personas mi marcha. Es algo que, supongo, los trabajadores expatriados experimentan en casos de crisis o urgencia. Aunque esto del covid-19 nos ha pillado a todas y todos desprevenidas…

Aprovecho para destacar la eficacia y el cariño con los que Alianza Por la Solidaridad gestionó mi repatriación, ¡mucho más rápido que la propia embajada! Pasé un día en Bogotá, a la noche siguiente estaba cogiendo un vuelo de franceses y holandeses a París. Y a las pocas horas estaba sentada en un vuelo a Madrid. Cuando llegué y vi el aeropuerto de Barajas desolado casi me parecía irreal.

Gracias a todas las personas de Alianza que hicieron esto posible, el equipo de esta organización es realmente profesional, humano y eficaz.

Sigo mi voluntariado para Alianza Por la Solidaridad hasta que acabe mi despliegue en junio. El puesto de comunicación que ocupo está lleno de responsabilidades y trabajo que hacer: diseños por elaborar, vídeos que montar, fotografías que editar… Me he traído mucho trabajo a España que me permite terminar de cerrar proyectos e informes necesarios.

Nada me gustaría más que estar con mis compañeros de Buenaventura entregando kits de higiene y alimentos estos días. Pero no ha podido ser en esta ocasión y no creo que pueda volver a repetirlo nunca, al menos no como voluntaria de este programa.

La experiencia que he adoptado en Buenaventura me ha servido para crecer mucho como profesional. Espero volver pronto a la carga y seguir adelante con proyectos de cooperación comunicando. Ahora toca cultivar paciencia y cuidarse en casa. Mis compañeros voluntarios están todavía de despliegue y sé que para ellas y ellos esta situación tampoco es fácil.

Mucho ánimo a todes. Un día más es un día menos y ahora, más que nunca, se necesita solidaridad.

P.D. Para los que tengan curiosidad: todavía no he podido apuntarme a ningún programa de voluntariado acá en España porque estoy viviendo en casa de mis padres con un enfermo de covid-19. Por cierto, el hombre mejora adecuadamente y cada día respira mejor. ¡Es una alegría estar junto a mi familia en estos tiempos tan críticos! ¡Pronto podremos darnos un abrazo!