Dejar de ser un extranjero en Senegal

Dejar de ser un extranjero en Senegal, por Daniel Rodríguez Romero

En toda experiencia de vida, siempre hay un antes y un después

Echando la vista atrás, durante estos cinco meses en Senegal pocos han sido los días en los que la población local no me ha recordado que soy un extranjero en su tierra. Pero no de forma desagradable o incómoda. Mi color de piel, la ropa que uso o llevar el pelo largo son rasgos que llaman su atención allá por donde voy. Y, por lo tanto, les resulta irresistible, sobre todo para los más pequeños, llamarnos “¡Tubago!” (persona de piel blanca, en la lengua local).

Ese grito en tono jocoso procedente de los cuerpos menuditos y sonrientes de los infantes, a veces viene acompañado de carreras con brazos estirados para llegar al “chico tubago” y estrecharle la mano.

Pero no son los únicos, también los más mayores con sus gestos de amabilidad y hospitalidad (la teranga senegalesa), nos hacen recordar que somos extranjeros en su tierra. Si vamos en coche, nos ofrecen los mejores asientos; si hace calor, nos buscan la sombra y nos dan de beber; nos ofrecen transporte para tramos cortos porque tal vez no podemos caminar bajo el sol abrasador…

Todos estos son ejemplos, algunos más directos, otros más sutiles, de situaciones que vivo en mi día a día y que me hacen recordar que soy un extranjero en Senegal. Sin embargo, nada tiene que ver, con la forma en la que, en ocasiones, tratamos a los extranjeros en España (sobre todo, a todos aquellos que tienen un color de piel más oscuro que el nuestro). Es importante, que reflexionemos de qué manera y por qué seguimos siendo racistas en España.

Y, aunque es cierto que los “blancos” que vivimos en Kolda (sur de Senegal), no pasamos desapercibidos  (no somos muchos), también hay que decir que en las últimas semanas, uno se siente más integrado. La frecuencia con la que oímos “tubago” por la calle es inferior. Los compañeros de trabajo ya no insisten para que ocupemos la plaza de copiloto en el coche, y la forma de relacionarse con nosotros es mucho más igualitaria que al principio. Y esto se debe tanto a que ellos están habituados a nuestra presencia, como a que ya no me fijo tanto en la reacción que provocamos al pasar.

Hace unos días, de camino a la oficina, iba pensando que ya hacía tiempo que los niños (paso por delante de varios colegios de camino a la oficina) no venían a saludarnos y tocarnos, y que no me sentía observado por jóvenes y adultos. Y, esta mañana volvía a pensar en lo mismo, y justo llegando a la oficina me encontré con un grupo de niños que me saludaron al unísono: ¡Bonjour tubago! Después, me crucé con dos chavales, que de lejos venían observando y murmurando (seguramente sobre mi vestimenta, hoy ataviado con ropa típica de aquí).

Entonces pensé, quizás no han cambiado muchas cosas, quizás siguen teniendo los mismos gestos hospitalarios, y nos siguen llamando tubago las mismas veces al día que hace 5 meses. Quizás, el cambio está en mí, que ya no me resulta extraño que me miren, me saluden, o se acerquen a tocarnos. Sin duda alguna, esta experiencia te transforma en muchos aspectos, también en tu propia manera de verte.

Quizás hace ya algún tiempo que dejé de ser un extranjero en Senegal.

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