Deporte en Buenaventura, Colombia.

Elena García Prieto.

Esta imagen fue tomada por Gisel, una niña de cuatro años que vive en el barrio Isla de la Paz, en Buenaventura. Un barrio construido desde la primera piedra, en 2001, por desplazados llegados desde otras regiones del Pacífico. Para quien no sepa lo que significa ser desplazado en Colombia, son aquellas personas que se ven obligadas a abandonar su casa, su tierra y sus raíces huyendo de la violencia causada por el conflicto armado.

El niño que muestra orgulloso el número de su peto en esta imagen,  juega al fútbol como parte del proyecto “Iniciativas deportivas para la protección de niñas, niños, adolescentes y jóvenes desplazados en Buenaventura” en el que colabora ACNUR, Alianza por la Solidaridad y el Comité Olímpico Internacional. Como voluntaria en comunicación del proyecto EU Aid Volunteers, yo trabajo facilitando la visibilidad de aquellos proyectos en los que trabaja Alianza por la Solidaridad en la zona del Pacífico colombiano. En este caso, viajé a Buenaventura para realizar entrevistas a los niños y niñas, jóvenes, adultos, dinamizadores deportivos, líderes comunitarios y cualquier persona que de alguna manera forma parte de este proyecto. Tuve la suerte de contar con la ayuda de una fotógrafa muy talentosa, de menos de un metro de altura y sonrisa burlona, que me seguía a todas partes.

En el proyecto también participa la mamá de Gisel y otros pocos cientos de niños y adolescentes que viven en barrios de desplazados en Buenaventura. Practican deporte para no perder la inocencia que aún conservan, no formar parte de esa violencia que inunda sus calles, en definitiva, seguir siendo niños.

Y son felices, de verdad, de forma transparente, ingenua y sencilla, con lo mínimo que tienen y todo lo que comparten. Ahora pienso que casi todos los niños con los que me crucé antes de llegar aquí, y los que ya no lo son tanto, deberían conocer a estos niños, a ver si así aprendemos a quejarnos menos y agradecer más.

Sueñan con ser futbolistas, cantantes, bailarines, fotógrafos…pero saben que aquí los sueños pocas veces se cumplen, tienen un precio demasiado alto. Ser afrocolombianos y haber nacido mirando al Océano Pacífico les hace vulnerables. La educación de calidad no llega hasta las regiones que abrazan este mar, el acceso a la universidad es muy limitado, no hay futuro para el talento…y aquí el talento sobra.

Estos niños cantan con emoción y la mano en el pecho el himno de Colombia antes de jugar cada partido de fútbol. Y yo me pregunto si Colombia se acordará de ellos.