El umbral en Nicaragua

Tienen diferentes nombres, pertenecen a diferentes familias e incluso forman parte de diferentes comunidades pero todos ellos comparten el umbral de la puerta como el espacio más seguro desde donde contemplar la realidad. Es el umbral la fina frontera que separa dos mundos: la seguridad de su hogar con el mundo exterior. Un cuadrante lleno de luz para vislumbrar sus paisajes, el transitar de los vecinos y la actividad diurna dentro de sus comunidades. Todos ellos observan y esperan a que quizá suceda algo que altere sus rutinas y vuelva a llenar su imaginación de diferentes imágenes y rostros que jamás antes habían conocido.

En la comunidad de Los Genízaros, la electricidad todavía no ha llegado, a pesar de que llevan años esperándola con la esperanza de verla en sus hogares siempre al año que viene. Un espacio sin televisión, sin ordenadores, sin tecnologías. Un espacio carente de influencias exteriores, donde los más pequeños aprenden de los más grandes. Una sabiduría popular que se trasmite con el ejemplo y que poco entiende de Internet, noticiarios o redes sociales. Por eso, los niños contemplan y esperan y cuando de cuando en cuando pasa un coche –carro que dicen acá– a ellos no se les escapa. Ya estaban ahí, en el umbral, como tantas y tantas otras horas del día. A veces, saludan con sus manitas y sonríen. ¿Qué pensarán de nosotras?

La comunidad de Los Genízaros está compuesta por 128 familias y, como el resto de comunidades en las que se ha implementado el sistema de agua bajo el proyecto Paragua, pertenece al municipio de Villanueva, departamento de Chinandega. Todos ellos son pueblos minúsculos a escasos kilómetros de la frontera hondureña. Una vez al día pasa un camión (a las cinco y media de la mañana) que los acerca a un empalme de carretera, cerca ya del municipio de Somotillo, donde pueden realizar alguna compra o gestión. Sin embargo, los caminos están tan machados por las lluvias que en el caso de Los Genízaros, ni siquiera sube hasta la comunidad y tienen que cogerlo en otra vecina a unos cinco kilómetros de distancia. Si no llegan a tiempo, deben bajar en moto –si tienes la fortuna de podértela permitir– en caballo o, en su defecto, caminando. Aquí, el tiempo es relativo y la gente paciente por naturaleza. Por eso, si es necesario caminar, con el calor de este país y a veces quizá con el niño en brazos, se camina. –Solo como dato: Nosotros en coche tardamos desde Somotillo una hora y media para llegar a Los Genízaros–.

Los Genízaros, al igual que la comunidad vecina, El Zapote, cuenta con agua en sus hogares desde el pasado mes de junio. Hasta entonces, las mujeres caminaban -algunas decenas de kilómetros-, en busca de agua al pozo más cercano para abastecer a sus familias. Bidones de agua que cargaban cada día sobre sus cabezas. Cada día. Hoy, el agua llega a sus hogares con tan solo girar la llave del grifo. Un sueño que todavía muchos no pueden llegar a imaginar. Quizá los niños que hoy observan desde el umbral, tampoco sean del todo conscientes de que el agua, ese derecho humano que no todos disfrutamos de la misma manera, llega hoy a sus casas gracias a la conquista y al empeño de todos sus antepasados.


Elisa Navarro