lanchas rápidas

Carlos Ospina. Primer premio del concurso de relatos

⎯ Mire allá, saliendo por la cuenca del río ⎯, me dice.
⎯ ¿Cuántos eran? ⎯, pregunto.
⎯ Dos lanchas, de las rápidas.
⎯ Y se los llevaron.
⎯ Sí.

No es un perfil de una fotografía. Es la historia oscura del río Naya al norte del Cauca en Colombia. Es la tormenta de una comunidad que no concibe que también se puede vivir en paz. Un concepto que no saben que existe. A Dagoberto, cuyo bigote de un negro profundo contrasta con las arrugas de su frente, entre las dos cejas, le falta su hermana. Cuenta su historia mientras limpia las escamas del pescado que acaba de sacar del río.

⎯ Es bocachico, tranquilo, este no está contaminado.

Tiene cuarenta y cinco años, lleva cachucha y camiseta; hace calor selvático, humedad que se adhiere a los huesos, la contradicción de tanto aire que sofoca. Nunca sonríe, o nunca lo hace en nuestra presencia. Tiene las manos desgastadas llenas de hendiduras, del paso de historias y del tiempo. Habla de su hermana. Su voz es gruesa, aunque se quiebra al cerrar las frases.

Cuenta que ella, hace tres meses, quiso dejar la comunidad. Irse porque a su marido lo tenían amenazado. Él era un líder social, vocero del Consejo Comunitario de la Cuenca del Río Naya. Estaba amenazado por ser la voz de un pueblo sin voz. Su hermana le suplicaba para que se fueran a Buenaventura; ya tenía un contacto con una ONG española que los protegería. Debían salir en lancha rápida, escoltados por la Armada. Recuerda que su cuñado no se quería ir, terco, pero ella insistió. Amenazó con irse sola. A él le daba miedo la ciudad, tener que pagar por un plátano le erizaba la piel, la soledad de las calles sin rostro.

⎯ Ahora le llevamos este pescado a Marina, ella le prepara un encocado que no se ha probado en otro lugar. Así no se olvida de nosotros y vuelve ⎯, dijo mientras agachaba la cabeza para limpiar las últimas escamas.

La luz que envuelve la conversación es pálida, débil. El cielo nublado no deja salir el calor y al borde del río, en las casas bajas ⎯esas que suelen inundarse en el invierno⎯ la humedad hace transpirar las pieles; arranca el sudor de ellas.

Hasta que lo convenció. Pero cuando llegó el día de partir, la Armada no trajo las dos lanchas rápidas que se habían convenido, sino una de motor pequeño. Habla y sus ojos parecen brillar más. Dos soldados y una lancha convencional. Él no se iba a montar, pero su hermana estaba desesperada por irse. Dagoberto le dijo a su cuñado que se fueran, que iban escoltados, que no les pasaría nada. Palabras que sentencian la tristeza de sus movimientos.

⎯ Ella no soportaba ni un segundo más aquí. Era un trayecto de una hora y media por mar abierto. Nada podía salir mal Nada. Quizás, si hubieran sido dos⎯, baja el cuchillo y enmudece por un momento. Huele a pescado crudo. Es la metáfora de la vida en este rincón de selva olvidada.

Se montaron, él y ella y dos soldados, y se fueron. Cuando el sonido del motor empezaba a desaparecer dos lanchas rápidas cruzaron frente a la comunidad. Hombres encapuchados. Mientras recorre su cuerpo de abajo a arriba con el cuchillo con el que antes preparaba el almuerzo, Dagoberto cuenta cómo la sangre, por un momento dejó de recorrer sus venas e intenta describir cómo sintió un frío infernal.

Luego, a lo lejos, por donde debía ir la lancha de su hermana, se escucharon disparos y luego nada. Nada.

Vuelve a hacer silencio. Deja caer un chorro de agua sobre la sangre y las escamas, para luego recoger los pescados en un balde envejecido.

No habla de los cuerpos; recuerda el velorio. Las mujeres iban de blanco con un pañuelo negro en la cabeza, lloraban; se cantaban canciones antiguas sin que se escuchara la marimba. Alabaos que acompañarían a los muertos en su viaje, en su adiós. Los hombres cargaban los dos ataúdes vacíos y el peso de una realidad inevitable. Detrás, los seguía la comunidad en una ceremonia que nadie quiere que ocurra, pero que aquí sucede siempre.

⎯ Para antes de almorzar le tengo un viche ⎯, se levanta de aquella tabla de madera en la que se había sentado a limpiar la pesca, se acomoda su gorra sin dejar de secarse el sudor, guarda el cuchillo en el cinto, alza el balde y pide que lo siga.

Caminamos con el río manchado de mercurio a nuestras espaldas, allá donde se bañan los niños que no tienen nada más que hacer. Apenas asoma el sol, sin ganas. Entramos en una casa de madera a la que le cuesta sostenerse, la suya. Y de viejas canecas de gasolina sirve, Dagoberto, dos copas de viche con las que brindamos. El trago pasa amargo, aunque no debe ser la bebida. Siempre es algo más. O quizás nada. Nada.