Mauritania, un mosaico de culturas

Yasmina Mitrovic

«Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar apto para ellas». Más de medio siglo después de que el político estadounidense John Fitzgerald Kennedy pronunciara esta frase, su contenido sigue teniendo sentido en nuestra realidad actual, miremos hacia donde miremos. Y es que, hoy en día, el respeto, la tolerancia y la convivencia pacífica entre grupos o culturas siguen siendo un reto en muchos lugares del mundo.

Mauritania, ubicada en la parte norte del Sahel, es uno de ellos. Con sus aproximadamente cuatro millones de habitantes repartidos en un vasto territorio de 1.030.700 km², Mauritania es también un mosaico de culturas. Son cuatro los principales grupos étnicos que conforman su población: árabes, pulaars, soninkés y wolofs. Además, en la parte este del país se localiza una pequeña comunidad de la etnia bambara. Todos ellos comparten la profesión de la religión islámica, pero cada uno tiene un idioma, tradiciones, costumbres y trayectorias diferentes. A lo largo de la Historia, estos grupos se han encontrado a menudo en el mismo territorio, lo que ha generado conflictos de los que aún quedan reminiscencias.

Los moros «blancos», originarios de tribus árabes procedentes de Yemen y de tribus bereberes del norte de África, invadieron Mauritania en el siglo XI y 500 años después lograron eliminar toda resistencia y establecerse como la clase dominante en el territorio. Expulsaron a numerosos grupos étnicos que habitaban la región, obligándoles a desplazarse hacia el sur, e impusieron el hassaníya -dialecto árabe-, como idioma dominante entre la población del territorio invadido. Tradicionalmente nómadas, los moros «blancos» capturaron a las comunidades negras, que componían la población autóctona, para esclavizarlas. Esta práctica desembocó en la creación de una nueva comunidad aculturada, los moros «negros» o haratines, que, con el tiempo, adoptaron las tradiciones y costumbres de los moros «blancos».

Con la colonización francesa a principios del siglo XX llegaron las críticas al sistema esclavista, que terminaría aboliéndose en 1981. Durante este período, la población siguió siendo nómada, pero muchos pueblos sedentarios que habían sido desplazados hacia el sur siglos antes, como los pulaars, soninkés o wolofs, volvieron a establecerse en distintos enclaves de Mauritania. En respuesta a esta situación, los árabes aumentaron la presión para arabizar el país. Esto provocó un serio enfrentamiento entre los distintos grupos étnicos, que estalló en abril de 1989 y que desembocó en un conflicto armado entre Mauritania y su vecino Senegal por un lado, y entre las fuerzas militares mauritanas y grupos armados de comunidades negras por otro.

Durante las décadas siguientes han tenido lugar dos golpes de estado y las tensiones étnicas relacionadas con el racismo, la esclavitud y la desigualdad han continuado, aunque en mucha menor medida. En este sentido, las posturas predispuestas al entendimiento y a la reconciliación cuentan cada vez con más apoyos.

Con motivo del Día Internacional de la Tolerancia, el pasado 16 de noviembre, buscamos mostrar el lado más humano de un país con un pasado que superar y muchos desafíos por delante. Un país de mujeres y hombres que, a pesar de sus diferentes colores de piel, idiomas y trayectorias históricas, desean avanzar juntos hacia el respeto y la comprensión mutua, para que las futuras generaciones puedan convivir pacíficamente.

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