Puedo ser

Maribel Caravantes. Segundo premio en el concurso de relatos

Cuatro mil gotas de agua se escapan de los ríos:
se lanzan al vacío para ser lluvia conmigo, a las cuatro.
Es el instante en que las horas callan,
encadenan sus entrañas en la celda del descuido.
Y puedo ser lluvia para regar las flores de los muertos:
que no olviden que un día fueron,
que hoy siguen siendo en la memoria verde
de los que ahora son.
Y empapar la tierra del sustento:
que no se seque, del árbol, la savia de los que nunca fueron
pero que la lluvia no olvidó.
Y pulir las piedras para descubrir bocas:
que los sueños escalen montañas
hacia la cima de un «tal vez sea»,
¡por qué no!
Y ahogar la intención de las manos:
que no sepulte el color de la hierba
que el pilar de las almas eleve sus ojos
para seducir al sol cada mañana.
Y puedo ser lluvia para colarme en la danza de la gravedad:
y arrojar besos entre moléculas
salpicar gotas
componer melodías inquietas solo para la Luna
pellizcar su alma volviéndola Nueva.
Apartar un ratito a la muerte
y, jugar en el Universo entre mareas claras de primavera.
Cuatro mil soplos de aire se escapan del cielo:
se lanzan al vacío para ser viento conmigo, a las cuatro.
Es el instante en que las horas callan,
encadenan sus entrañas en la celda del descuido.
Y puedo ser viento para aliviar la carga:
y que la cruz de las tristes almas
no clave su fe, no congele los pies
en la tierra yerma
Y cepillar cada noche el cabello del juicio:
para que no se enrede entre los dedos vanos
el verdadero motivo
de querer morir
en un nuevo destino.
Y ser tormenta violenta y, en los brazos del viento, remolino:
para romper en salpicaduras los muros raspados de piel
teñidos de sangre
ahogados en lágrimas
envueltos de gritos.
Y ser huracán, remover la tierra; golpearla con fuerza:
para que los ojos de las balas perdidas se cieguen
que los sueños no duerman
en el lecho sombrío y escalen montañas
hacia la cima de un «tal vez sea»,
¡por qué no!
Y puedo ser viento, reinventar medidas:
para confundir a los nudos de línea
estirar el tiempo; sin pausas, sin horas.
Y que las almas lánguidas se conviertan
en jinetes libres de caballos blancos
entre espumas vítreas de la brisa fresca.
En un mar sin sal de lágrimas
en un mar sin voz de pena
en un mar cubierto solo de agua… en un mar.
Cuatro mil almas se escapan de su maltrecha vida:
se lanzan al vacío para recuperar la condición de seres humanos
contigo y conmigo, a las cuatro.
Es el instante en que las horas callan,
encadenan sus entrañas en la celda del descuido.
Y es entonces que, en mi sueño, puedo ser lluvia; puedo ser viento, contigo:
navegamos abrigando con nuestros velos, al miedo
protegemos la soledad de los presentes
enjugamos las lágrimas de los amargos pasados
y desempañamos el cristal de los futuros sombríos.
Podemos hacer que el mar cante para complacer a la Luna y, que su melodía no sea, para la piel que flota, una triste canción de cuna.
Podemos liberar a los anhelos del arresto y devolver a la Naturaleza el legítimo derecho de, solo ella, escribir los límites de la Tierra.
Tal vez, juntos, podríamos conseguir que no fuera solo un sueño.