Reflexión sobre el progreso en Nicaragua

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No es fácil acostumbrarse a una realidad diferente de la propia.

Es difícil, a veces, encontrar el sentido a muchas cosas.

Paseo por la ciudad y, perdiéndome por las calles sin nombres, busco entender el significado de la palabra “progreso”.

Estudié que el “progreso” está relacionado a un sentido de mejora en la condición humana, si así es, entonces, a lo largo del proceso, algo ha fallado.

Trabajo en El Viejo, capital del municipio más grande del departamento de Chinandega, donde colaboro con la organización local APADEIM, contraparte de Alianza por la Solidaridad.

Aquí puedo encontrar Coca-cola, Fanta y todo tipo de gaseosa en cada tienda, pero no hay agua en las comunidades rurales.

Frente a la oficina pasa una gran cantidad de coches, autobuses y motos, pero, no muy lejos de aquí, hay mujeres que tienen que caminar kilómetros con un balde en la cabeza para llegar al pozo más cercano.

Hay farmacias y medicinas pero no hay hospitales. En este municipio, que cuenta con casi 100.000 habitantes, hay solo dos pequeños centros de salud públicos. Me contaron de gente que, por la distancia, muere en el camino para llegar al centro, o de enfermos que prefieren quedarse en sus casas.

Hay escuelas pero hay muchos niños y jóvenes trabajando en la calle.

Hay casas en madera, pero no hay más árboles.

Hay tanta basura que el verde de la naturaleza se esconde.

Hay un desarrollo sin conciencia.

Quiero acercarme a la gente local, hablar su idioma, conocer su cultura, bailar sus bailes, comer su comida, pero, por cuanto me esfuerce, entre ellos y yo, hay un abismo social que no puedo colmar.

La cabeza duele por tanta incoherencia e injusticia, y el corazón también por el dolor que seres humanos causan a otros seres humanos y a la madre tierra. Duele que tenga que costar tanto lograr un crecimiento socialmente justo y compatible con el equilibrio medioambiental.

Sara Bosco

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