Tan cerca pero tan lejos

Las historias que el Huracán Nate dejó tras su paso por Nicaragua.

 

Poco a poco van pasando los meses de voluntariado. ¡Ya vamos por el cuarto! A veces, me piden desde España que cuente novedades, cosas que me pasan. Y es entonces cuando me quedo callada queriéndolo contar todo al mismo tiempo pero sin lograr articular palabra. Creo que un voluntariado o, por lo menos así lo percibo, es un compendio de demasiadas cosas: días de oficina, horas de ordenador, viajes, experiencias a las que te enfrentas por primera vez, personas que conoces; días tristes que, con el tiempo, te das cuenta de que te hicieron crecer; un torbellino constante de emociones, el constatar que quieres todavía más de lo que pensabas a las personas que dejaste en tu país, la oportunidad de descubrirte en otro contexto, la predisposición de conocer cosas nuevas….Sin embargo, esta no deja de ser una lista de obviedades que todo el mundo puede experimentar cuando sale de casa. Por eso, para mí, el valor de un voluntariado son las historias que te cuentan las personas que se cruzan en tu camino; la fortuna de adentrarte en comunidades y conversar, en mi caso, con la verdadera Nicaragua. Historias, ambientes y contextos difíciles de explicar en una conversación telefónica. Son sus caras, son sus gestos. Son vivencias con las que, de repente, te sientes más cerca de comprender al país.

Hay historias que por alguna razón quedan grabadas para siempre en la memoria. Quizá por la fusión de la persona que te la contó y el momento en el que las recibiste. Quizá por el contexto y su carga emotiva.

Estado de una letrina tras el ciclón

Esta semana, hemos viajado a comunidades del suroeste de Nicaragua (San Ignacio y Las Salinas, pertenecientes al municipio de Tola, Rivas). Ambas fueron afectadas por el Huracán Nate, que azotó esta región del país el pasado mes de octubre. Allí, Alianza por la Solidaridad junto a CIPRES ha iniciado un nuevo proyecto de emergencia a fin de mejorar las condiciones de higiene, agua y salud de las comunidades afectadas por el huracán. Se pretenden instalar 50 inodoros ecológicos y filtros de agua para acabar con buena parte de la contaminación de estas comunidades y zanjar de un solo muchos problemas de salud provenientes de unas letrinas que tienden a embozarse con facilidad.

Un nuevo proyecto me ha permitido conocer una docena de nombres propios: Auxiliadora, Lidia, Héctor, Aura, Dora… Personas que se enfrentaron y sobrevivieron a una de las catástrofes más grandes de la región en los últimos veinte años. Un huracán que les ha traído todavía más pobreza, que les ha obligado a recomenzar de cero después de haberlo perdido todo o casi todo. Y como si fuera ayer, a pesar de que ya han pasado tres meses, relatan cómo el agua los sacó de sus casas y arrastró consigo todas sus pertenencias. Relatan el antes y el después y cómo sus patios se convirtieron en una parte más del río –con unos niveles de agua que les llegaban hasta el pecho-.

Te lo cuentan ahí, en el lugar de los hechos, y son sus caras, es su voz y sus gestos los que resultan difíciles de explicar con palabras. Por eso para mí, un voluntariado es la oportunidad de descubrir historias que aguijonean tu conciencia y te obligan a replantear tu vida.

Y, como si chocaras contra un muro, darte cuenta de golpe de la brecha entre dos mundos. Constatar cómo, en la playa más cercana, el turista –aquel que todos y todas fuimos alguna vez-, inmerso en la ingenuidad más absoluta, disfruta de unas vistas excelentes a pie de playa bebiendo feliz su refrescante agua de coco. Turistas que pagan mucho más por una noche de hotel que lo que las familias que acabas de visitar pueden ganar con todo un mes –dos o tres- de trabajo. Y están ahí, bien cerca, cuestión de kilómetros pero en realidad, una grieta enorme los separa. Tan cerca pero tan lejos

Uno de los patios afectados tres meses después del fenómeno.

 

 


Elisa Navarro

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