Viajando al otro lado del mundo

Siempre he pensado que no existe nada más gratificante que viajar. Viajar para conocer, para crecer, para ser más feliz. Descubrir nuevos colores, olores y sabores, encontrarse con personas en el camino, algunas que sólo estarán de paso, otras que se quedarán para siempre en el alma. Viajar al pueblo de la abuela o cruzar continentes, mares y montañas, siempre es enriquecedor.

Gabriel García Márquez decía en un poema: Viajar es vestirse de loco, es decir “no me importa”, es querer regresar. Regresar valorando lo poco, saboreando una copa, es desear empezar. Y cómo es el destino, que me llevó volando a miles de kilómetros y un océano de mi hogar, a Colombia, el hogar de García Márquez, esta tierra llena de magia que le inspiró a escribir tan apasionantes novelas.

¿Y qué es lo que espero yo de este viaje? Sobre todo aprender, también vistiéndome un poco de loca, como el poeta. Me gustaría aprender a enseñar, aprender a escuchar, a echar de menos con alegría y no con tristeza, aprender a entender y respetar una cultura construida a partir de muchas culturas, a interpretar nuevas miradas, aprender de un país construido por mujeres valientes, niños soñadores, viejos sabios y jóvenes promesas del cambio.

Aquí soy voluntaria de la Unión Europea, y he venido a comunicar, a hablar y escribir sobre lo que veo y lo que vivo en una zona del país olvidada. Falta mucho para que todos los colombianos sean iguales, y eso lo sabes cuando viajas al Pacífico. Grandes extensiones de selva se visten de una naturaleza salvaje que sangra por sus interminables ríos, es pura magia. Esta selva esconde infinitas historias y lágrimas. Historias de los pueblos indígenas, sus espíritus buenos y malos, su conexión ancestral con la naturaleza y quienes la habitan. También historias de los afrodescendientes, la pasión por la música y la vida, esos pies que cuando bailan vuelan. Todos ellos saben realmente lo que es el sufrimiento, lo que es la guerra, no sólo la que cuentan los periódicos. Esa guerra en la que no hay “buenos y malos”, hay muerte y mucha tristeza. La selva llora porque sus pueblos se ven forzados a abandonar sus tierras. La Paz de la que todos hablan en las ciudades es una luz muy pequeñita al final del camino, un camino de esperanza. Y cuando realmente se escuche a los pueblos del Pacífico, el recorrido que queda será mucho más corto.

Es un gran reto para mí aprender de todo esto, escuchar antes de hablar, y poder contar al resto del mundo cómo sueño yo una Colombia en Paz.


Elena García